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Fiambalá, un desierto sólo para mí

Meses pasaron desde que decidimos inscribirnos con Nico, mi novio.

Así fue como salimos rumbo a Fiambalá, Catamarca, conocida como la capital del Dakar… arena por donde se la mire. Los paisajes al costado de la ruta ya nos daban un panorama de lo que se venía. Desolador: un lugar donde apenas llueve dos veces al año; casas levantadas en adobe, arena, tosca y muy poca vegetación.

Llegamos a Fiambalá, un pueblito muy humilde, de gente muy bondadosa, de aquellos que te entregan lo que no tienen. Amables, ante todo. Al llegar al hostel nos llevamos la grata sorpresa de encontrar un grupito de uruguayos, algunos conocidos de aventuras anteriores. Gente tan loca como nosotros, por si hace falta aclarar.

La hora de la verdad

Finalmente, entre una y otra cosa, el día llegó. Éramos 600 “osados” los que estábamos en la línea de largada, temblando de frío , saltando, aplaudiendo, sacándonos fotos: 4,3,2,1, ¡largamos!
Llegaron las dunas y el frío matinal, antes de que el sol se decidiese a aparecer… y cómo apareció. Enseguida dieron 40°, las dunas pedían, entonces, cada vez más respeto.

El camino hasta la meta fue algo que no tiene explicación, sólo se entiende si lo vivís.

Comencé a hidratarme y a comer. Mismo así, y para sorpresa mía, las altas temperaturas y los 2000 msnm me pasaron factura. Transcurridos 18 kilómetros de prueba estaba totalmente descompuesta, quería seguir caminando pero mi estómago no me lo permitía. Divisé un arbolito, muy arbolito, con una pobres ramas, y me senté a esperar. La gente pasaba, me preguntaba si necesitaba algo, respondía como podía. Luego de pensarlo un poco y sufrirlo bastante, entendí que no podía seguir; pedí ayuda, a los 40 minutos llegó un cuatriciclo a buscarme. “Estás insolada”, me dijeron. Les pregunté cuanto faltaba para el próximo PC. “Apenas dos kilómetros”, me respondieron.

Doblarse, puede ser… quebrarse, jamás

“Dos kilómetros, voy a dejar todo faltando dos kilómetros para el PC”, me reproché. Discutimos, yo y mi otro yo, hasta que llegamos a un acuerdo. Seguiríamos. El tipo de la asistencia -amable como todos por allí- mojó mi cabeza, me dio un Buff para cubrirme del sol, me paré y continué. Mi orgullo personal no me hubiese permitido quedarme allí. En el próximo puesto, me hidraté bien, comí frutas y cargué otras energías para el viaje. Todavía tenía 12 kilómetros de dunas por delante.

El camino hasta el próximo puesto fue una carrera frenética, recuperé posiciones, iba como loca. Tal es así que me perdí y tuve que retomar. Luego me enteré que no fui la única competidora que se perdió allí. Algunos decidieron abandonar por agotamiento, por lesiones, lastimaduras, etc.

Mostrá la garra charrúa, flaca

Cuando llegué al PC 3 ya nadie continuaba, todos se volvían a Fiambalá. Estábamos en 28 kilómetros de recorrido, me sentía bien pero sabía que si continuaba me esperaban seis horas de soledad, y ya habían pasado cinco. No estaba segura, no tenía certeza de poder resistirlo. “Flaca, mostrá la garra charrúa que llevás dentro”, me dijo un señor que el destino puso en mi camino. Llené dos botellas con agua, me llevé tantas rodajas de naranjas como mis manos permitían y me aventuré a descubrir hasta donde era capaz de llegar. Es decir, salí a descubrirme.

Era el momento de subir y bajar montañas, en la soledad del desierto. Pasé por alguna cruz estacada en honor algún fallecido y eso hizo que las ideas se disparasen alborotadas en mi cabeza. Todos esos pensamientos se tomaron un descanso cuando la divisé, allá a lo lejos, a Mirta, una mujer de 58 años, una aventurera con más coraje que casi todos por allí. Seguía en carrera, a paso firme, rumbeando hacia el próximo PC. Comí mis naranjas llenas de polvo y arena, algo que en otra situación ni pensaría en hacer. Otro amable hombre, de esos que abundan por esas tierras secas, me ofreció un vaso con agua helada y me indicó cómo atravesar las montañas para llegar al próximo PC. Todavía recuerdo lo que disfruté ese vasito de agua.

Atardecía en el desierto, faltaba un último PC y, luego, 14 kilómetros hasta la meta. Ahí me crucé con Martín, un muchacho de Buenos Aires que había estado perdido por más de 10 kilómetros.

Las luces del pueblo, todo mi mundo

Faltaba menos, estaba cerca. Pero los calambres me contaban aquel cuento de los dolores cuando ya habían pasado 10 horas de prueba. El PC 5 parecía un cumpleaños infantil, con gaseosas cola, tal vez las más deliciosas que probé en mi vida. Aproveché y también comí chocolates, frutas y todo lo que se me cruzaba por delante. Los 14 kilómetros faltantes se transformaron en 20. La ansiedad rápidamente se transformó en nervios, soledad, frío, lágrimas y la mezcla de todas esas, un combo explosivo para mi salud mental de entonces.

Durante tres horas soñé con las luces del pueblo, esas que indicarían que la odisea estaba llegando a su fin. La alegría fue inmensa cuando esas luces parecieron reales. Allí me estaba esperando Nico, también la camioneta de uruguayos, haciendo sonar sus bocinas, jugando con sus luces y gritándome todo lo que quería escuchar.

Como si todo eso fuera poco para armarme un bestial combo emocional, una niña local, de unos seis años, me agarró de la mano y corrió conmigo hasta la meta. Yo estaba helada, ella me daba calor. Cuando estábamos llegando, me soltó, casi como declarando que mi misión estaba cumplida.

Al llegar, no pude contener las lágrimas, porque tampoco quise. Lo había logrado, llegué viva a mi primer Ultra de 70 kilómetros en el desierto. ¡Uruguay nomá!

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