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Corriendo entre emponchados (esos que miran raro)

Si sos un corredor de esos que no aflojan en invierno -es decir, un corredor, lisa y llanamente- ya habrás experimentado la sensación de correr entre los emponchados, esas personas que miran raro, fingiendo desprecio, cuando en las mañanas más frías o las noches más desoladoras le das rienda suelta a tus entrenamientos por la calle. Con cada zancada, vos te sentís más feliz. Ellos, más incómodos.

Es que al emponchado no le gusta que alguien le demuestre lo muy diferente que podría ser su vida con un poco de sacrificio, determinación y, sobre todo, optimismo. Si pueden, se aprovechan del que tienen al lado para hacer un comentario porque vas corriendo entre la multitud vistiendo calzas o porque tu remera es muy fluorescente. O porque parecés “un loco” corriendo a esa hora, y con esa temperatura. 

Es que los emponchados adoran culpar al frío, al calor, a las nubes, a la lluvia, al tránsito y a la rutina por su estatismo. Van enfundados en cuantas capas de ropa le caben, algunos fumando, cansados de la mismidad misma. No saben cuán cerca de cambiarlo todo están. Y no necesariamente deben correr. Cualquier cosa que los ponga en movimiento los cambiará para siempre, los convertirá en seres -por lo menos- un poquito más felices.

 

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Está en vos, en nosotros, cambiarles la mentalidad. No en la calle, donde tal vez te seguirán mirando raro y se repetirán en los comentarios cansados. Esto es uno a uno, boca en boca. Convencer a un amigo, familiar o compañero de trabajo de cambiar de vida no es difícil, aunque ellos se resistan al principio, manteniéndose en esa postura de hacerte sentir ridículo porque te levantás temprano para correr o salís a entrenar cuando ellos prefieren despatarrarse en el sofá. 

Se trata de mostrarles esa sonrisa que llevás al laburo después de unas pasadas -a pesar de los dolores-, la energía que te da hacer algo por vos, imponerte desafíos, conocer lugares y personas que un día, tal vez, fueron emponchados. Se trate de trasladarles una sensación única, de hacerles entender por qué corrés debajo de la lluvia o con frío sin que se borre tu sonrisa. 

*Esta columna pertenece a Stefano Wallace Soto, corredor amateur y escritor argentino

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