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Juan Dual, el corredor sin aparato digestivo que no le tiene miedo a la muerte

En medio de la montaña, Juan Dual sonríe. Disfruta cada paso, cada segundo. Intenta capturar las imágenes y sonidos que lo rodean, y también las emociones que todo ello le provoca. Son horas de soledad, y un cúmulo de cosas suceden dentro suyo.

“Ríes, lloras, te acuerdas de gente, te olvidas de todo, cantas, te hablas a ti mismo, le hablas a tu cuerpo, a los árboles, a la montaña, a la mochila… La mente se va y conecta con partes con las que normalmente no conectas. En la montaña estás tú contigo mismo y te escuchas mucho. Conoces a tus demonios y conoces tus virtudes”, explica.

Dual se decidió a vivir a pleno cada instante luego de estar dos veces al borde de la muerte por culpa de un enemigo interno que lo acompaña desde su nacimiento: padece un problema genético denominado poliposis familiar múltiple, un mal que produce pólipos en los órganos del sistema digestivo y por el que fallecieron su abuela y dos tíos.

Su padre y su hermano también llevan este gen indeseable pero, como Juan, esquivaron a la muerte desprendiéndose de algunos órganos. Juan no tiene colon, recto, vesícula biliar ni estómago, y se lo toma de la mejor manera posible.

“Gracias a no tener esas piezas estoy viviendo una vida increíble, que a mucha gente con todas sus piezas le encantaría vivir. Tengo mucho hueco por dentro, y así tengo más espacio para llenarme de experiencias”, dice.

Juan Dual, desprendiéndose de algunas partes “vitales”

A los 13 años le encontraron sus primeros pólipos, y desde entonces supo que en algún momento de su adolescencia sería operado. A los 19, se fueron el colon y el recto.

Sobrellevó la situación siempre con normalidad, sin mayores angustias. Veía a su padre con la misma condición manteniendo una vida normal, yendo a trabajar y haciendo trekking.

 

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A los 27, les dijo adiós a la vesícula y al estómago, y cayó en la cuenta de que a partir de ese momento sería más difícil adaptarse a algunas cuestiones.

“Fue un cambio fuerte. Tuve que aprender a comer, probar con la comida para ver qué me sentaba bien y qué me caía pesado. En ocasiones comía un plato de pasta con atún y me caía bien, pero al día siguiente comía exactamente lo mismo y me caía súper pesado”, comenta.

“Empecé a tomarle miedo a la comida y perdí mucho peso. En tres meses pasé de pesar 106 kilos a tener sólo 57. Perdí prácticamente el 50% de la masa muscular, no tenía energía, no podía seguir el ritmo de mis amigos y eso me golpeó muy duro”, agrega.

Una vida activa, con salidas al cine, al teatro y a exposiciones, y la práctica de algunos deportes, debió dejar paso a una realidad completamente diferente: Juan no podía, al principio, caminar durante más de cinco minutos sin quedar agotado y con la necesidad imperiosa de sentarse a descansar.

Asimilando ausencias, corriendo entre las nubes

Una psicóloga lo ayudó a comprender que esta debilidad extrema sería pasajera, hasta que su organismo asimilara las nuevas ausencias en su interior.

Poco a poco aprendió a comer los alimentos correctos en las dosis adecuadas, que son pequeñas pero muchas a lo largo del día.

“Estoy constantemente comiendo. No me puedo comer un sándwich entero de una vez, pero sí dos mordiscos, guardarlo, y dos más dentro de un rato”, explica.

Un par de zapatillas tiradas en la habitación fueron la señal de hacia dónde debía dirigir sus energías, y no lo dudó: se las calzó y salió a correr de la manera más digna posible unos 3 kilómetros, alternando caminatas.

Al día siguiente extendió la distancia y los tramos sin caminar. Al cabo de unas semanas, corría casi todos los días sin interrupción.

Inquieto, se aburrió de la calle y miró hacia las montañas, su nuevo refugio. Nunca se arrepintió.

“La montaña te pone en tu sitio, te hace sentir lo que eres. Al mismo tiempo, te ofrece opciones, te permite visualizar cómo llegar a las cosas y te otorga herramientas para la vida diaria”, dice.

Juan Dual y la falta de dinero

Actualmente, Juan se dedica a viajar por el mundo corriendo carreras, y recibe donaciones para concretar sus objetivos mediante su sitio, Runnife.

Su financiamiento es todavía muy precario, y más de una vez se queda sin dinero muy lejos de su casa en Valencia, España (donde consiguió regresar luego de su última excursión por Sudamérica gracias a unos amigos que recaudaron fondos vendiendo empanadas, entre otras cosas).

Hace poco, le sucedió en Cafayate, en la provincia de Salta, pero no se preocupa. “He estado a punto de morirme dos veces, el dinero no es una condición que me importe. Si me quedo sin plata, me quedaré sin plata. Lo económico no debería limitar ningún tipo de flujo de energía”, dice.

Su frase de cabecera, hecha tatuaje
Foto: Diego Winitzky

Aunque termina exhausto cada carrera, al punto que improvisa camas a 15 metros de cada llegada y se tira unas siestas reparadoras antes de poder continuar con el día, no siente miedo de algún día no ser capaz de completar una competencia.

“Lo normal es que yo ni siquiera comenzara una carrera. Sí, es una putada retirarse, porque quiero acabar cada carrera, pero no es ninguna derrota”, expresa Juan.

“No me supone ningún tipo de problema”, continúa. “Para mí la victoria es el hecho de estar ahí, en la línea de meta y dispuesto a acabar la carrera. Miedo no, pero tengo mucha curiosidad por saber cómo me voy a sentir al otro lado de la línea. Cuando se acaba una carrera de estas distancias, y más en mis condiciones, la persona cambia: aprendes mucho de ti mismo”.

Lo de haber estado a punto de morirte dos veces, ¿te hace sentir que estás viviendo horas extra?

“Cada día para mí es un regalo, una maravilla. La gente que conozco cada día es increíble. Cuando tenía 19 años, en la operación del colon y el recto casi me quedo en el quirófano, y con la del estómago lo mismo, esta vez en el posquirúrgico. Si ya tenía la cabeza bastante abierta, ahí se me terminó de abrir”, dice.

“No puedo vivir la vida que la gente quiere que viva, necesito vivir mi propia existencia. Te das cuenta de que solamente tenemos una oportunidad para hacer las cosas. Cuando la gente dice ‘tranquilo, hay tiempo’, es una mentira. No hay tiempo, el tiempo se está consumiendo. Ahora mismo estamos hablando y nuestro tiempo se está consumiendo. Gracias a lo que he pasado, a las cirugías, a las carreras, estoy hoy y puedo actuar como actúo. Será mejor o peor, pero estoy aquí actuando. No tengo idea de qué va a suceder mañana, no cuento con eso. Vivo ahora”, concluye.

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